Actrices del feminismo que odian a las mujeres transexuales


La Escuela Feminista de Gijón ha dedicado su foro, financiado por el Ayuntamiento de Gijón, a levantar un muro entre las mujeres transexuales y las mujeres no transexuales y a expandir estereotipos de odio.


Imagen de uso libre.

Un nutrido grupo de feministas transfóbicas se dan cita estos días en la Escuela Feminista de Gijón para reflexionar sobre ‘Política feminista, libertades e identidades’. Cualquiera podría pensar que las notables se iban a dedicar a proponer medidas para acabar con la precariedad que sufren las mujeres, abolir la pobreza o incluso diseñar una agenda para, desde el feminismo, hacerle frente a la ultraderecha.

Sin embargo, las señoras presentes han dedicado su foro, financiado con dinero público del Ayuntamiento de Gijón y que ha contado con la presencia estelar de la alcaldesa socialista de la ciudad asturiana, a levantar un muro entre las mujeres transexuales y ellas, que nacieron con vagina, y a divagar sobre si la desigualdad femenina se justifica en el sexo o en el género.

No he tenido el gusto de estar en Gijón, pero he podido seguir a través de streaming las conferencias de Amelia Valcárcel, filósofa feminista, exconsejera de Cultura del Gobierno de Asturias, miembro del Consejo de Estado y referente del feminismo vinculado al PSOE, partido del que forman parte la mayoría de las presentes en este foro transfóbico. Valcárcel es radical para todo, menos para sacar a las mujeres pobres de la pobreza, a las que no le han dedicado ni un minuto de su interés.

Valcárcel, que entre sus galones tiene la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X El Sabio, se ha dedicado a sumar una serie de chascarrillos transfóbicos que se pueden reducir en uno: “Las mujeres trans son actrices del género”. Así, la catedrática, para afianzar su idea de odio hacia las mujeres trans, se apoya en una imagen de Luis XIV que viste con ropas ahora consideradas femeninas para negar la identidad de las mujeres trans. “El rojo y el azul existen sólo desde hace 50 años”, pronuncia para ridiculizar la identidad de género de las personas trans.

Siguiendo con los chascarrillos, la filósofa feminista dice, muerta de la risa, que habrá que usar un “fresador de pollos” para que en el parto el médico diga “si esto va a ser pollo o gallina”. En la misma línea, Valcárcel invita a sus oyentes a acudir a “alguna instancia para ver si te asignaron bien al nacer”.

Después de la genialidad, el aforo se muere de la risa de un colectivo que vive 20 años menos que las mujeres no transexuales, que sufre un 70% de exclusión laboral, que su denominador común sigue siendo la pobreza y que salir a la calle supone una odisea para librarse de los insultos, humillaciones y vejaciones y violencia extrema por subvertir los roles de género y vivir conforme a su sexo sentido.

Valcárcel no ha estado sola. A su lado se ha sentado Ángeles Álvarez, exdiputada socialista y otra de la grandes referencias del feminismo biologicista que, como la ultraderecha, piensa que las mujeres tienen vagina y los hombres penes y todo lo que se salga de ese encuadre es un peligro para la igualdad de las mujeres y la estabilidad de la sociedad occidental.

Afirma la exdiputada que ella, de pequeña, rechazaba el uso de faldas, jugar con muñecas y disfrutaba con sus hermanos, jugando a los indios de madera, rechazando las “normas de género de la feminidad normativa” pero, aclara, ese rechazo a ella no le creó incomodidad con su genitalidad. Entonces, como ella tuvo esa experiencia, viene a decir, pero sin tener la valentía de decirlo abiertamente, que el apoyo a la infancia trans es “tecnología del género”.

Lo que no sabe la exdiputada Ángeles Álvarez, que bloqueó la tramitación de Ley LGTBI y la Ley Integral de Transexualidad en la pasada legislatura, porque se niega a incluir el género como identidad en la legislación. Desconoce la exdiputada socialista que la transexualidad no sólo es que te guste jugar a cosas de otro género, sino que los niños y niñas trans tienen bajo rendimiento escolar, ideas persistentes de suicidio y hasta se mutilan su genialidad o lo intentan.

En el momento en el que los niños y niñas trans empiezan a ser tratados por su género sentido, su rendimiento escolar mejora, desaparecen las ideas suicidas y empiezan incluso a aceptar su genitalidad que no tiene sexo ni género. El pene de una mujer trans es un pene femenino, no masculino. Del mismo modo, la vagina de un hombre trans es la vagina de un hombre, no de una mujer. A esto, estas teóricas de las transfobia lo llaman “queerismo” porque afirman que las reivindicaciones LGTB se oponen a la agenda de la igualdad.

Álvarez, para negarse a que las leyes incluyan el género como categoría identitaria, alerta incluso de que puede darse el caso de que los hombres se registren como mujeres para violar las leyes de paridad y expulsar a las mujeres con vagina de las listas electorales. No me estoy inventando nada, me he visto más de cuatro horas de conferencias, aunque hay muchas más en Youtube.

La exdiputada se atreve incluso a ir más lejos. Alerta del peligro de que las mujeres trans puedan ocupar las casas de acogida para víctimas de violencia de género. Como la barbaridad parece todavía menor, Valcárcel apuntala la transfobia de Ángeles Álvarez y se lleva las manos a la cabeza de que hombres transexuales, que no hayan sido esterilizados, puedan parir a hijos y por esta razón desaparezca la categoría mujer. Lo que tampoco sabe Valcárcel es que ya existen mujeres y hombres trans que son padres y madres biológicos. Sólo de pensarlo les tiene que estallar la cabeza como a los fascistas de Vox.

Y ya, como colofón, Ángeles Álvarez y Amelia Valcárcel ponen en una pantalla una cita de otra transfóbica ilustre, Alicia Miralles: “Si regulamos por ley el subjetivismo y el esencialismo de género, no está lejano el día que el movimiento transgénero vete palabras como vagina o menstruación”.

Tras leer solemnemente esta cita, todo son aplausos desde el patio de butacas que, calculo, ocupan alrededor de un centenar de personas. La exdiputada socialista Ángeles Álvarez termina su conferencia afirmando que “las mujeres trans remarcan a una mujer estereotipada y sexista” y que “defienden el estereotipo como rasgo”.

Como hace la ultraderecha, cuando ataca la ideología de género, estas actrices del feminismo se quejan de que están siendo víctimas de la represión del pensamiento y de que son catalogadas con expresiones fóbicas: “Aquí damos argumentos y en las redes sociales sólo hay insultos”, apostilla Álvarez, quien asegura que el movimiento transexual “pone en riesgo derechos adquiridos por el conjunto de las mujeres”. Pobrecitas. Antes de acabar, Álvarez advierte: “Tenemos que estar muy atentas”.

Atentas, no vaya a ser que a los hombres les dé por vestirse de mujeres e inscribirse en el registro civil como mujeres para alterar las listas paritarias, violar a mujeres en módulos penitenciarios femeninos o entrar a pegarle a las mujeres víctimas de violencia de género que están en casas de acogida.

Esto último lo digo yo, pero lo piensan estas actrices del feminismo que se han reunido para señalar con el dedo acusatorio a un colectivo vulnerable como el que más y no para derribar el patriarcado que explota, oprime y vulnera a todas las mujeres, tengan vagina o pene.

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