'Desde que tomo hormonas solo he llorado dos veces'


Muchos lo tienen claro desde pequeños, pero la edad mínima para comenzar un tratamiento hormonal es de 16 años, algo que critican las familias de los menores que están en situación de transexualidad.


Su tratamiento hormonal nunca llegó. Hoy hace un año que murió Ekai, un joven de 16 años que no pudo asumir la carga que conllevaba la lucha por el reconocimiento de su identidad de género. Ese gran peso provocó la trágica noticia que nos llegó desde Ondarroa, su localidad natal, el 16 de febrero de 2018. Su madre lo encontró muerto en su habitación.

A raíz de la muerte de Ekai, y durante todo este último año, esta batalla no ha cesado. Sin embargo, queda mucho trabajo por hacer.

El Gobierno Vasco publicó hace tiempo la guía de atención integral a las personas en situación de transexualidad, la cual incluye, de forma integral, actuaciones recomendadas desde los ámbitos sanitario social y educativo. Esas pautas, en cambio, no son suficientes para las familias que están viviendo una situación desconsolada y que necesitan ayuda personalizada y cercana.

Los avances que se han dado en ese ámbito son, sin duda, positivos para las personas que viven de cerca la situación de transexualidad, pero todavía ven muchos escollos en la manera de actuar del Departamento Vasco de Salud, sobre todo en el comportamiento de ciertos médicos.

Naizen: despatologización y tratamiento personalizado

Naizen, la nueva asociación de familias de menores transexuales de Hegoalde, que ha cogido el testigo del trabajo realizado hasta ahora por Chrysallis, tiene como referente a la unidad navarra Transbide, en la línea de la referencia catalana Trànsit.

Quieren trasladar esas experiencias a la Comunidad Autónoma Vasca, y para ello deben renovar la ley de 2012, que en su momento fue pionera. En ella se dice que el objetivo de la ley serán las personas que hayan certificado su situación de transexualidad a través de los informes psiquiátricos. Por lo tanto, la ley tiene una base patologizante, y eso es exactamente lo que quieren cambiar: reivindican por encima de todo la despatologización del proceso.

Desde Naizen también reclaman que se acorten los plazos de espera, ya que durante en ese tiempo pueden producirse cambios físicos que agraven la situación: procesos de ansiedad, depresión...

La asociación cree que evitando la cita con el psiquiatra podría agilizarse mucho el tratamiento, y en ese sentido, han conseguido dar pasos importantes aunque no los suficientes. Ahora solo tienen una cita con el psiquiatra, pero “en algunos casos, estos no respetan el procedimiento acordado por el Departamento de Salud y Crysallis”. Además, aún hay desconocimiento entre las propias familias, y algunos psiquiatras alargan el proceso saltándose la normativa.

Otra de las reivindicaciones más importantes de Naizen es la atención personalizada: “Miran poco a las personas, no analizan cada caso por separado, y cada paciente es diferente. Es necesario que actúen con más flexibilidad. El protocolo no debería de ser tan estricto, es decir, tendrían que centrarse en cada experiencia. Tienen que cambiar de chip, nada más”.

A pesar de todo, están contentos con los pasos dados hasta ahora, aunque todavía hay un largo camino por recorrer. En ese sentido, subrayan que el problema no lo tienen con el Departamento de Salud, sino con algunos profesionales.

“¿Por qué en los casos de adolescencia precoz no necesitan acudir al psiquiatra a la hora de recibir tratamiento, pero los menores que están en situación de transexualidad sí deben hacerlo?”, se preguntan desde la asociación.

“Si los chicos no tienen la regla, ¿yo por que sí?”

Desde que era muy pequeño, Ander Iriarte sabía que “algo le pasaba”, pero no fue hasta los 15 años cuando dio el paso de contárselo a su madre. Era noviembre cuando acudió por primera vez al Hospital de Cruces para comenzar el proceso. Le dieron la próxima cita para marzo. “Todo va demasiado despacio”, dice el joven de Salvatierra.

“Los dos psiquiatras y el psicólogo que me atendieron fueron muy rectos conmigo. Me dijeron: ¿Ya sabes que jamás serás un chico, no? Serás un chico trans”, recuerda Ander de aquella primera cita, y añade: “Conozco gente a la que le han llegado a preguntar si de niños jugaban con camiones o con muñecas”.

Ander tuvo que rellenar un cuestionario en el que, entre otras cosas, le preguntaban si quería ser militar. “Eran preguntas que no venían a cuento”, critica.

La siguiente cita con el psicólogo y el endocrino llegó seis meses después, pero antes, la madre de Ander se puso en contacto con Tránsit, y fue allí donde comenzó su proceso de hormonación. Se pusieron en contacto con su médico de cabecera de Salvatierra y desde Cataluña empezó a recibir el tratamiento de hormonas, algo que los médicos de Osakidetza no vieron con buenos ojos. “Al principio se enfadaron, pero con el paso del tiempo he conseguido que la Unidad de Género del Hospital de Cruces sea quien me haga el seguimiento”, destaca.

“Desde que tomo hormonas solo he llorado dos veces“

La menopausia no fue un “trago fácil” para el joven de 17 años. Tuvo sofocos durante tres meses, y se trató de uno de los principales retos que superó nada más comenzar el proceso de hormonación: “Nunca más he tenido la regla”.

Físicamente han sido muchos los cambios: le ha cambiado la voz, le ha crecido mucho vello en el cuerpo, tiene barba… “Ahora la gente sabe que soy un chico y el que los demás también lo sepan me da seguridad. Desde que tomo hormonas solo he llorado dos veces”, subraya.

Son muchos los niños y jóvenes que al pasar por este trance no reciben el apoyo o la ayuda necesaria, pero, por suerte, Ander no ha tenido ningún problema con la gente que le rodea.

“Siempre he sabido que había algo, pero me costó identificar que me pasaba”

Su madre siempre le cuenta la misma anécdota. Cuando solo tenía seis años, en un viaje a Salou, pasaron por el meridiano de Greenwich y su madre le dijo que pidiera un deseo. “Pedí ser chico para poder jugar al fútbol y conducir tractores como su aita”, recuerda.

Sus padres, en cambio, le dijeron que para ello no era necesario ser chico, que cualquier chica también podía hacerlo. “Siempre he tenido la libertad de vestirme como he querido, de hacer el deporte que me apetecía o de actuar como quería. Yo creo que esa es la razón por la que no tuve la necesidad de contarlo antes”, indica.

Más tarde, cuando llegó al instituto, vio que se formaban grupos de chicas y chicos, y sintió la necesidad de elegir. Fue un nuevo paso en su vida.

“Cuando me miraba al espejo no veía lo que realmente era”

Ander se siente satisfecho de lo que ve cuando se mira al espejo: “Siento que lo tengo todo. Antes yo sí sabía quién era, pero la persona que se reflejaba en el espejo no era la que yo sentía o la que los de mi entorno veían. He logrado sacar eso que llevaba dentro”.

“En el momento en que consigues identificar qué es lo que te pasa, te sientes feliz. Lo peor son las dudas, el no saber qué sucede. Cuando me bajó la regla no entendía el porqué. Los chicos no tienen la regla, y ¿yo por qué sí?”, se preguntaba.

Ander tendrá que estar toda la vida tomando hormonas, aunque la dosis irá disminuyendo a medida que pasen los años. El pasado verano decidió quitarse los pechos y no descarta hacer lo mismo con los ovarios. De esa manera, conseguiría no producir hormonas femeninas.

A pesar de ser muy joven, es lo suficiente maduro para contar su experiencia con toda naturalidad y es muy consciente de que aún hay mucho por hacer. Eso no quiere decir que no reconozca que se ha avanzado mucho: “Hoy en día Osakidetza nos da la opción de congelar óvulos”. Probablemente algo impensable hace unos años.


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